La gran muralla
Tatiana, una de mis mejores amigas, llegó a Guangzhou el 22 de agosto para compartir conmigo unos días de relax y hacer que esta aventura en China no sea tan tortuosa. Desde su arribo hice un montón de cosas. Demás está decir, porque como todos saben, quien escribe es medio vago y no disfruta para nada de largas caminatas. El más claro ejemplo fueron las últimas vacaciones en el sur, donde mis quejas para con el grupo en un punto del viaje se hicieron insoportables, pero soy así y lo reconozco. Y Tatiana tambien lo sabia, pero así y todo me hizo caminar bastante. Se enojó mucho al enterarse que nunca había subido al Citic plaza, uno de los edificios más altos del mundo y que tan sólo se encontraba a unas 5 o 6 cuadras de mi casa en Guangzhou. Pero bueno, no me alucina la idea de subir a edificios altos. Sólo me conformo con mirarlos desde abajo.
Otro de los lugares que visité con ella fue Hong Kong. En realidad, ya había estado allí dos veces, pero nunca lo había recorrido en forma intensa. Esta vez fue todo lo contrario: los gemelos me pedían a gritos que pare a descansar, pero Tati no se detenía y avanzaba, ni siquiera una pausa para tomar un cafecito, nada. Subimos el Scaleitor, una escalera mecánica en el medio de la ciudad. Era interminable, espectacular. Pero al llegar al final no había nada emocionante para ver, lo lindo fue el recorrido. Se veía un Hong Kong repleto de edificios modernos sin ni siquiera espacio para una plazita. Aunque cuando bajamos nos encontramos, para sorpresa de ambos, un mini zoológico. Eso sí, debajo de la autopista, jajaja. Pasa que estas islas orientales no tienen lugar para nada, todo se construye para arriba.
El sábado 27 salimos para Beijing. Tenía muchas ganas de visitar esta ciudad. Compré un paquete baratísimo, gracias a la ayuda de una de mis clientas. Lo gracioso fue que eramos los únicos extranjeros dentro de un contingente chino. Así y todo la pasamos bien. Beijing es un lugar hermoso, lugar que muestra mucho de la historia y cultura milenaria de este país. Al primer lugar que fui, fue a la ciudad prohibida, fotos por aquí, fotos por allá, parecía un japonés excitado. Era enorme, se ve que los emperadores no la pasaban nada mal. Salón de la armonía, salón de la paz, salón de las decisiones, salón de belleza, salón de mujeres (ahí elegía la minita con la que iba a pasar la noche, eran muy putaneros estos chinos). Supersticiosos a más no poder, que la piedra de la suerte, de la buena fortuna, de la larga vida y otras tantas cosas más. Muy interesante todo. Pero al tercer templo que visitás, te das cuenta que son todos iguales. La tumba de Mao, fue otra de las excursiones, las tumbas subterráneas de la Dinastía Quing y el Palace garden, este último sí que era enorme. Estaba rodeado por una laguna inmensa y llena de barquitos a pedal, al mejor estilo los rosedales de Palermo.
La cagada de todo esto es el aire que lo rodea, muy contaminado. La polución no te deja disfrutar de los paisajes. El otro punto negativo de este viaje fue la comida. Me cansé de comer arroz. El paquete incluía las tres comidas, desayuno, almuerzo y cena. Aunque esta última, parece una merienda, ya que los chinos cenan a las 6 de la tarde. El desayuno lo salteaba y me escapaba al Mc Donalds a comprar un café con leche y alguna que otra cosa para morfar. Los platos del almuerzo y la cena eran siempre los mismos: el ya mencionado arroz, muchas verduras, y pedacitos de pollo y pescado. Para tomar, sólo té.
Para el final, dejé mi gran aventura en la muralla china. Lo dejé para el final, porque consta de dos partes.
El primer día que el grupo fue a la muralla, fue por la tarde, después de una mañana cargada de visitas a distintas tumbas y de almorzar otra vez arroz, nos dirijimos a la muralla. El día estaba muy feo y no se veía casi nada. Mi emoción en el micro iba subiendo a medida que nos acercabamos al destino más esperado. Una vez que el bus frenó al pie de una de las tantas entradas de este inmensa muralla, mi excitación llegó al punto máximo. Tomé mi mochila, la abrí, busqué la cámara de fotos digital que mi amigo Pablito me había enviado a través de Tatiana. Revolví a más no poder y nada. Las lágrimas empezaron a recorrer mis mejillas una tras otra. La bronca que sentí fue una de las peores en los últimos años. Veía la muralla con los ojos llorosos, pero la furia no me dejaba disfrutarla. Desesperado le dije al guía, Alex, que hablaba un poco de inglés, que tenía que volver a las tumbas a buscar la cámara. En el fondo sabía y era obvio, que no la iba a encontrar. Pero tenía que intentarlo al menos. Me despedí de la muralla sin siquiera tocar un escalón. Me gasté aproximadamente 70 dólares en taxi, para darme cuenta lo que sabía desde un principio: que la cámara nunca iba a aparecer. Cuando volví a la muralla, el grupo ya se estaba yendo. Sólo habían estado una hora y media y estuvo lloviznando. Volví al hotel, más triste que nunca, comí un poco de arroz y me tiré a dormir. Como si fuera poco, todas las fotos de la ciudad perdida y otros templos estaban adentro. El día anterior había olvidado bajarlas a la compu. Sin fotos, sin cámara, menos 80 dólares de viáticos, menos 200 dólares de una nueva cámara para Pablito. En resumen, un dia de mieeeeeerrrrrrrrrrdaaaaaaaaaaaaa.
Al otro día, me levanté de mejor humor y pensando, ya más relajado, me dije a mí mismo: pibe, estás en Beijing y no vas a visitar la muralla. No podía desaprovechar esta oportunidad. Ese día el grupo se iba a una excursión a otra ciudad, a visitar adivinen qué, siiii, más templos.
Eran las 7 30 de la matina. Lo llamé a Alex y le dije que no iba a ir a la excursión, que me iba a la muralla. Yo solito contra los chinos. Café con leche, una medialuna y al taxi. Me bajé en la parada del bondi. Primer problema. Le pregunto a un chino cuál era el que iba a la muralla. El chino, como la mayoría, 0 inglés, pero justo era unos de los tantos chinos garcas que habitan este país. Mucha cultura, mucha historia, pero en el fondo son más corruptos que nosotros. Con una calculadora en mano y señas de mono, me explicó que el micro salía sólo a las 8 y a las 9 y eran las 9 y 20. Por un momento el mundo se me vino abajo. Pero cuando nuevamente me explicó a través de gestos y tipeando en la calculadora el número 300, me di cuenta de que me quería cagar. O sea, el muy hijo de puta me ofrecía un ida y vuelta, en su auto, a la muralla, por el valor de 300 yuanes. Le pregunté a otro y me dijo lo mismo, pero no desesperé. Llamé por tel al guia y me dijo que no les creyera. Finalmente, di con una china simpática que me señaló el bondi correcto. Era el 919, capicua, de la buena suerte. Subí, pagué el boleto y me senté. Una imagen rara, verme sólo en un colectivo, en el culo del mundo, y encima yendo a la muralla.
Después de 2 hs de viaje llegué al tan esperado destino. Pero no era el mismo lugar al que el grupo había ido el día anterior. Era mucho mejor, más turístico, pero más lindo. Además, el día acompañaba y el sol asomaba como nunca lo había hecho en los cuatro meses que llevo en China. Pagué la entradita, compré un agua mineral y unas galletitas y comencé a subir. Muy empinada la muralla, pero nada me detenía, las ganas y la alegrÍa por estar ahí, me daban las fuerzas para subir como si nada. Jamás y digo jamás, estuve en un lugar tan impactante como este. Te deja sin alientos. Saqué fotos, esta vez con la cámara de mis viejos y caminé hasta donde ningún turista había llegado. Al menos ese día. En el camino paré unas cuantas veces, algunas por cansancio y otras para posar en las fotos. Pero no en las mías, sino en la de los chinos. No les miento, me habrán parado al menos 40 veces para pedirme que me saque una foto con ellos. Fotos con abuelos, padres y hasta bebés. Me sentía una estrella de cine. No lo podía creer. Me había pasado antes un par de veces, pero esta vez fueron muchas. Con una sonrisa en la cara y anteojos de sol, posé para todos los flashes. Deben estar pensando que exagero, pero es verdad. Seguí caminando y cuando ya no había nadie me recosté en el techo de uno de los puestos de seguridad (las torres donde en el pasado vigilaban, para que los mongoleses no invadieran sus tierras), tomé mi agua mineral, comí mis galletitas y tomé sol por más de una hora y media, sin dejar de contemplar la belleza que rodeaba mis ojos. Pasé más de 4 hs en la muralla y estoy convencido, que junto con el glaciar Perito Moreno, es el lugar más bello que visité en mi corta vida. Valió la pena el esfuerzo.



















